Seguro has oído hablar mucho de inteligencia artificial últimamente , pero todavía no tienes claro para qué te serviría, sabes que lo puedes usar, pero no sabes como, este es un buen punto de partida, no eres único, es algo nuevo. Puedes empezar con algo tan sencillo como preparar el esquema de una clase.
Primero, ¿de qué IA estamos hablando?
La inteligencia artificial abarca herramientas muy diferentes. Aquí nos centraremos en la IA generativa: la que puede producir textos y otros contenidos a partir de una petición, por lo que a forma de consejo, hay que saber pedir. Un asistente conversacional es un ejemplo básico, pero muy eficiente si sabes pedir, y reitero, hay que aprender a pedir a la Inteligencia Artificial. Escribes lo que necesitas y recibes una respuesta que puedes revisar y modificar.
Que converse con soltura no significa que haya comprobado cada afirmación. La Organización Mundial de la Salud advierte de que estos sistemas pueden ofrecer información incorrecta, incompleta o sesgada. En medicina, conviene tenerlo presente desde el principio.
Tres tareas con las que puedes practicar
Preparar una sesión docente. Pídele un esquema para explicar un concepto que domines, una tabla como material auxiliar, una foto para visualizar algo que se desea enseñar, etcétera . Revisa si el orden ayuda a entenderlo y si falta algún punto importante. Al conocer el tema, te resultará más fácil detectar errores, volvemos al mismo punto, si eres capaz de saber pedir, las respuestas serán mas útiles y más precisas.
Ordenar tus notas de estudio. Puedes darle apuntes propios sin información de pacientes y pedir una tabla con conceptos y preguntas pendientes, te puede hasta encontrar detalles que a veces escapan. Compara el resultado con tus notas: también al ordenar un texto puede omitir o cambiar detalles, con tu supervisión y tu autorización.
Hacer más clara una explicación. Imagina escribir un párrafo educativo. Puedes pedir una versión para un lector sin formación sanitaria, otra versión para profesionales. Después compruebas que al simplificar no haya perdido precisión. De un simple párrafo puedes sacar diferentes versiones, para diferentes públicos, sin perder la esencia. El texto seguirá necesitando tu revisión antes de compartirlo, ese es otro punto clave, no delegar todo a la Inteligencia Artificial.
Una primera práctica de diez minutos
Elige un tema que conozcas bien y escribe:
Quiero preparar una explicación de cinco minutos sobre [tema]. La leerán médicos que están repasando el concepto. Propón un esquema breve con tres ideas principales. Señala qué afirmaciones necesitarían una fuente. No inventes referencias bibliográficas.
Este es un ejercicio propuesto, un prompt, esa es la palabra técnica para pedir a la Inteligencia Artificial, algo que hay que aprender, no el resultado de una prueba clínica. Cuando recibas la respuesta, observa qué conservarías, qué corregirías y qué tendrías que consultar. Pedirle que no invente referencias es una instrucción útil, pero no garantiza que la cumpla.
Antes de llevarlo al trabajo diario
No introduzcas historias clínicas ni información identificable de pacientes en un asistente general. Quitar el nombre no garantiza que un caso deje de ser identificable. Trabaja con material público, notas propias no sensibles o ejemplos claramente ficticios.
Una herramienta que ayuda a redactar tampoco queda validada por eso para orientar un diagnóstico o un tratamiento. Ese uso requiere una evaluación distinta, con las garantías profesionales, institucionales y normativas que correspondan.
Para empezar, busca una tarea pequeña que puedas revisar de principio a fin. Si al terminar puedes explicar qué cambiaste y por qué, habrás aprendido algo más útil que una lista de funciones.
En lo descrito en este segmento se reduce en algo que los profesionales de la salud entendemos desde el comienzo, ética médica ante todo, y la privacidad del paciente es sagrada
Fuente y siguiente lectura
OMS: oportunidades y riesgos de la IA generativa en salud, 2024. Los ejercicios de este artículo son propuestas educativas propias; no representan una recomendación clínica de la OMS.
